ero, salvo alguna honrosa excepción, la mayoría de los países no dedican más del 0’2%. Además, esto resulta más escandaloso cuando se sabe que la acumulación de la riqueza va dirigida al consumo y el consumo supone el expolio de los países pobres. El 15 por ciento de la población mundial –la que vive en los países ricos– consume el 56 por ciento del total mundial; mientras que el 40 por ciento más pobre sólo consume el 11 por ciento.

Podríamos hablar de las guerras y de los niños soldados; de la situación laboral en el mundo con la explotación infantil y un paro galopante; no nos podríamos olvidar de la educación básica ni de los servicios sanitarios elementales, ambos en proceso de degradación en los últimos años. Podríamos reseñar las cifras de los abortos en el mundo, las del tráfico de droga y de armas, las de la trata de mujeres…

¡Tremendo!, ¡qué escándalo! Uno no puede más que llenarse de estupor. Detrás de cada uno de esos números hay una persona, una biografía, una vocación divina. ¡Cuánto dolor! ¡Cuánto sin sentido! ¡Cuanta injusticia! ¡Cuánta indiferencia! Sin duda, la mirada de Jesús, que es la mirada del propio Dios, es capad de penetrar cada una de las situaciones. Comprendemos que, a la vista del mundo, llore con lágrimas divina, no sólo por los que son victimas: los excluidos del don de la creación que el Padre ha dado a todos los hombres; sino por los verdugos: los que encerrados en su egoísmo, entregados al placer y al consumo y olvidando el padecer de sus hermanos van por la pendiente de la perdición.

Jesús sube a Jerusalén para morir en la cruz. El Hijo de Dios baja a la tierra para entregar su vida en rescate de una humanidad sufriente y perdida. ¿Comprendemos estagesta de amor infinito? Si el Hijo de Dios no nos redime, ¿qué esperanza le queda al mundo?, si no nos abrimos a su amor ¿cómo podremos cambiar el curso de la historia?

Señor, ten misericordia de nosotros,
danos el amor necesario que cambie nuestra vida
y nos ayude a introducir tu justicia en el mundo.

 

Los ojos de la fe (febrero 2010)

“Mándame ir al lavadero de tu enviado” (y II)
(Juan Carlos Carvajal Blanco)


Yo soy un ciego, en quien han de manifestarse las obras de Dios.
Úngeme, Jesús mío, de lodo los ojos y mándame ir al lavadero de tu enviado,
a la confesión, para que vuelva viendo.
Dame fuerzas que no tengo voluntad.

Es un hecho que la celebración del sacramento de la penitencia está en crisis. Pocos creyentes parecen sentir la necesidad de acercarse a un sacerdote para declarar sus culpas y recibir el signo sacramental del perdón. Incluso las celebraciones comunitarias de la penitencia no son nada concurridas y, aun entre los asistentes, muchos no encuentran el sentido de confesar personalmente sus culpas y recibir de las manos del sacerdote la absolución. Es evidente que hoy, a la hora de reconciliarse con Dios, con los hermanos y consigo mismo, la mayoría de los cristianos sólo recorren la vía subjetiva y vertical de "confesarse directamente con Dios".

Todo parece indicar que la mediación del sacerdote no se comprende. No se ve cómo su intervención es requisito para poder recibir la infinita misericordia de Dios. Se la contempla más como una limitación que como un signo y ayuda. ¿Por qué pasar por la vergüenza de declarar lo que nos humilla y envilece?, ¿por qué confesar las propias culpas a un hombre que es igual de pecador que no-sotros mismo?, ¿por qué esperar de su absolución lo que Dios da con creces?...

Podemos decir que estas dificultades no son sólo de nuestro tiempo. Cada generación de creyentes ha debido enfrentarse a su pecado y ha tenido que debatirse sobre si pasar o no por el tribunal de la misericordia que Jesucristo ha puesto en las manos de sus apóstoles y de sus sucesores. Aquí, poco importan las formas que a lo largo de los tiempos haya adquirido dicho tribunal, el hecho es que Dios ha querido que la Iglesia fuera la mediación de su misericordia y que, para acceder a su perdón, se debía pasar por la acción sacramental de sus ministros.

Miguel de Unamuno nos ofrece un testimonio de estas dificultades. ¿Cómo humillarse ante un hombre?, ¿por qué confesar lo que el pudor soberbio se afana por ocultar?, ¿cómo reconocer ante alguien su verdad, si en el instante de decirla se le escapa de las manos? En este punto, siente que todos los razonamientos no son sino sombras que hacen aun más densa la oscuridad en la que está encerrado. Cuanto más tamiza su conciencia por el harnero de su propia razón, no ve el modo de salir de su cárcel y de encontrar la luz que le permita reconocer la verdad de sí y de su vida. Se sabe ciego, ofuscado por el pecado de su propia soberbia. Su orgullo es su propia prisión, su suficiencia el grillete que le encadena y su pecado la causa última de su ceguera.

Al final, Unamuno rompe la cárcel de sus tinieblas lanzando un grito a Jesús, la luz, y, al tiempo que reconoce su ceguera, le pide las fuerzas para mover su voluntad e ir al lavadero de su enviado: a la confesión. Intuye que en esta sencilla acción es donde se le dará la luz y, con ella, la visión de la verdad. Le pide ir al lavadero de la confesión, para confesar, ante Dios, los pecados a su enviado. Todavía no ha experimentado la luz ni la paz, pero fiado en las palabras del propio Jesús espera que ahí, en el trono de la misericordia, en el instante en que balbucé sus culpas, recibirá la luz que su alma anhela y la paz que su conciencia ansía.

Y es que el sacramento del perdón no es un acto humano, aunque demande la mediación del hombre. Es verdad que en la declaración que se hace al que representa al Señor, el pecado va dibujando su verdadera forma, la conciencia toma conocimiento de su horror y el corazón abre su herida. Pero más allá de este proceso humano, en esa declaración, el penitente lo que realmente hace es abrirse humilde y sinceramente a la acción misericordiosa de Dios y, al hacerse receptivo de la gracia divina, deja que algo nuevo irrumpa y todo cambie. En el instante en el que arrepentido declara que solo es barro y que su vida muchas veces se arrastra por el lodo, Jesús transforma su masa parda en materia de luz. Donde abunda el pecado, sobreabunda la gracia. Donde se reconoce las tinieblas, la luz brilla con más fulgor. Quien en obediencia acude al lugar de la misericordia en el que le ha citado su Salvador, con la absolución recibe no solo el perdón, sino la transformación y la fuerza para ser hijo de la luz y caminar por las sendas de la vida.

Danos, Señor, las fuerzas para que humildemente vayamos al trono de tu misericordia.
Que no tengamos reparos en ser veraces y confesar nuestras culpas a tus enviados.
Que la celebración del sacramento nos dé a conocer tu luz
y tu gracia nos encamine por las sendas de la vida nueva.

Los ojos de la fe (enero 2010)

El sentido del pecado (I)
(Juan Carlos Carvajal Blanco)

La primera manifestación de la proximidad de un alma
con la santidad de Dios es darle el sentido del pecado.
Los santos saben qué es el pecado y los pecadores lo ignoran.
Porque si el pecado no es más que el desprecio práctico de la santa voluntad de Dios,
el que comprende que esa voluntad es digna de ser amada
es quien entiende la gravedad del pecado.

Gracias a Dios, ya han pasado los tiempos en los que todo era pecado. Que un niño cogía chocolate de la alacena a escondidas de la madre, pecaba. Que un joven miraba de reojo a una muchacha, pecaba. Que alguien hablaba en misa, pecaba. Que uno había visto una película donde se besaban a tornillo, pecaba. Que otro se amodorraba un poco en la cama, también pecaba… Lo dicho, todo era pecado, lo difícil era encontrar algo que no lo fuera. Al final, existía tal exceso que, realmente, era difícil adquirir una autentica conciencia de pecado. Todo era un ejercicio de control humano y social en el que se utilizaba el nombre de Dios en vano y su ley era reducida a una caricatura. Y la insistencia en el infierno, qué decir de esa obsesión de predicadores nefandos. Simplemente que desfiguraba el Evangelio; y que lo que es consecuencia de la libertad humana cerrada a la misericordia divina, pasaba a presentarse como revancha de Dios que buscaba satisfacerse por las ofensas recibidas.

Ahora ocurre todo lo contrario, en estos momentos, quizás por reacción, no existe el pecado. Pueden valer unos ejemplos, ¿qué calificativo tiene el que uno utilice a Dios a conveniencia o se olvide de santificar las fiestas? Y si alguien no dedica tiempo a sus padres mayores, ¿eso se puede calificar de pecado? ¿Y qué decir respecto a Hacienda, cuando parece que nos enorgullecemos si conseguimos defraudarla? ¿Y sobre el sexto mandamiento?, alguien podrá preguntar si, en una sociedad que se jacta de no poner límites morales al sexo, todavía resta algún contenido a ese mandamiento. ¿Y sobre el trabajo? lo mismo, ahora ni trabajadores ni empresarios tienen conciencia de que en las relaciones laborales también se peca.

Podríamos alargar la lista, pero no es el caso. El hecho es que en nuestros días no existe la conciencia de pecado; en realidad, ya ni se sabe qué significa ese término. Es verdad, antes tampoco, como hemos visto; pero ahora, en un tiempo en el que abundan los complejos de culpabilidad, en el que todos son reproches, en el que existen infinidad de frustraciones por no dar la talla que otros nos han marcado o nosotros mismos nos hemos impuesto, no existe la conciencia clara del valor que tienen nuestros actos delante de Dios. Porque de esto se trata, de vivir delante de Dios. El pecado solo tiene sentido cuando vivimos religados a Dios, esto es, unidos a él y sometidos a su santa voluntad.

El texto de Jean Danielou, que encabeza nuestro escrito, manifiesta con claridad el origen y el autentico significado del pecado. La verdadera y sana conciencia de pecado está en correlación con el amor, no con el temor. El teólogo francés nos hace observar que son precisamente los santos, es decir, aquellos que se han visto ganados por el amor de Dios, los que tienen mayor sentido de pecado.

Los santos se saben redimidos por Cristo. Conocen por experiencia que su entrega en la cruz les ha perdonado o les ha prevenido, por gracia, de desobedecer la voluntad de Dios. Ellos se miran constantemente en el espejo del Hijo de Dios para responder filialmente al Padre, y cuanto más le contemplan más reconocen lo lejos que están de hacer de la voluntad divina la senda por la que conducir su vida. De aquí brota la conciencia de pecado, conciencia sana y humanizadora porque parte del amor y se refiere al amor; porque, aunque en primera instancia se refiere a la voluntad de Dios, en el fondo el que se reconoce pecador se sabe infiel a sí mismo. Quien tiene esa conciencia de pecado, se sabe necesitado de la gracia; pero, por eso mismo, nunca se instala, se mantiene en un constante peregrinaje hasta alcanzar la talla de Cristo.
¡Qué ceguera la de los que nos consideramos buenos!, no somos capaces ni de ver los desprecios que hacemos al amor de Dios ni la indiferencia, cuando no utilización, de nuestros hermanos. Nos creemos buenos, nos parece que realmente no hacemos nada mal, que solo tenemos pequeños fallos, errores sin importancia; nunca percibamos la gravedad de nuestra sorda rebeldía a la voluntad de Dios y el inmisericorde manejo de los demás. Nuestro mismo pecado nos hace ciegos y la ceguera nos somete cada vez más al pecado. ¿Cómo desenmarañarnos de esta tela de araña que nuestro pecado ha tejido a nuestro derredor? Más aún, ¿cómo ver esos hilos inexorables y duros si a nuestros ojos son invisibles? Todo empieza en la oración:

Señor, descúbrenos tu amor
y que por amor a ti reconozcamos nuestra culpa, luchemos contra el pecado
y amemos a nuestros hermanos con la misma medida de tu amor.